1. Partiendo del ADN de la marca
No empieces por el logo. Empieza por lo que eres.
Si tu marca es cercana y emocional, ¿por qué usar una tipografía rígida?
Si valoras lo artesanal, ¿por qué elegir una paleta fría y excesivamente corporativa?
La identidad visual debe ser consecuencia de la identidad de marca, no un ejercicio estético aislado.
2. Traduciendo valores en formas, colores y estilos
Cada decisión visual comunica. Nada debería elegirse solo “porque gusta”.
Aquí no se trata de preferencias personales, sino de coherencia comunicacional.
3. Construyendo un sistema, no piezas sueltas
Una identidad visual funciona como una familia.
Todo lo que la marca publica, imprime o muestra debe reconocerse como parte de un mismo universo visual.
Cuando el diseño se fragmenta, la marca pierde fuerza y credibilidad.